Muchas veces como jovenes nos sentimos dueños del mundo, sentimos que tenemos la razón por sobretodo y sobretodos, incluso ante aquellos que darían su vida por nosotros.
Siempre hablamos de la Madre, aquella que nos trae al mundo y quien por lo general está a nuestro lado, pero nos olvidamos que exist eun padre, que tambien existe y que muchas veces es ausente o por diversas razones no está. Como usualmente se dice "no todos son iguales" Hay padres que para muchos es mejor ni nombrar y hay otros que juegan un rol mas importante que el de la Madre, que realmente darían la vida por sus hijos y que jamás los abandonarían.
Carta de un Padre a su Hijo
Era una mañana como cualquier otra. Yo,
como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañé porque estabas tardando
demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los
cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta.
Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa.
Furioso te volví a regañar y te empujé para que fueras a cambiarte de
inmediato.
Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto
llevabas la mirada perdida. Te despediste de mi tímidamente y yo sólo te
advertí que no te portaras mal.
Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho
trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos tus
pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te
dije que debías cuidar la ropa y los zapatos; que parecía no interesarte
mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la
casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mi te
indiqué que caminaras erguido.
Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A
la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie
furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que
no soportaba más ese escándalo y subí a mi cuarto.
Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había
exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia,
pero no pude. ¿Cómo podía un padre, después de hacer tal escena de
indignación, mostrarse sumiso y arrepentido?
Luego escuché unos golpecitos en la puerta. “Adelante”, dije,
adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en
el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: “¿Te vas a
dormir? ¿Vienes a despedirte?”
No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin
que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos
cariñosamente. Te abracé… y con un nudo en la garganta percibí la
ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi
cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se
quebrantaba.”Hasta mañana papito” me dijiste.
¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué me desesperaba tan
fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, a
exigirte como si fueras igual a mí y ciertamente no eras igual.
Tú tenias unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y, sobre todo, sabías demostrar amor.
¿Por qué me costaba tanto trabajo? ¿Por qué tenía el hábito de estar
siempre enojado? ¿Qué es lo que me estaba aburriendo? Yo también fui
niño. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme?
Después de un rato entré a tu habitación y encendí con cuidado una
lámpara. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu
boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso como el de un
bebé.
Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma
limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis
lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te
pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente con las cobijas y salí
de la habitación.
Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás
que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta
de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida."
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